Cuando hacer cultura es resistir

Por Claudia Estanga.

El deterioro de los espacios culturales, la ausencia de presupuesto y el abandono del Estado en áreas concretas del arte y la cultura son parte de los escenarios más complejos y problemáticos que deja el 2016 y que se proponen como entrada para el 2017. Diálogos desde el Centro Cultural Haroldo Conti y el Corralón de Floresta: qué significa resistir desde las voces que resisten.

 

“Tenemos que organizar un festival de resistencia. Hay que llenar este lugar de gente”. La frase se replica casi al mismo tiempo en la mesa de una biblioteca y en la sala de reuniones de un centro cultural. Son espacios distintos, con historias diferentes. Pero existe una trama compartida que los vincula. En ambas mesas se están pensando claves para resistir desde la potencia más profunda de la cultura: a través del sostenimiento de espacios inclusivos, abiertos, a través de una garantía de continuidad para el trabajo cotidiano de temáticas y contenidos comunitarios, de memorias colectivas, de pertenencia social. En el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti y en el Corralón de Floresta los festivales se pensaron durante 2016 como modo estratégico de visibilización y convocatoria ante el vaciamiento, la desprotección, la total ausencia de políticas de estado que protejan la cultura como derecho colectivo. La resistencia como modo de comunicar trae la pregunta por las lógicas a las que se les está haciendo frente, por los escenarios que dieron lugar a este tipo de convocatorias replicadas en diversos espacios culturales, artísticos y comunitarios a lo largo del 2016.

Una de las mujeres que se sienta a responder y definir interpretaciones posibles para estos escenarios es Ana González, delegada del Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, dentro de la ExEsma. Ana trabaja en el área de contenidos del centro cultural y es además integrante de la junta de ATE del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos.

¿Cuál es la situación actual del Haroldo Conti en relación a los puestos de trabajo, a la continuidad de los presupuestos?

Durante todo el año nosotros no tuvimos financiamiento. Nosotros estamos organizados como trabajadores hace bastantes años, definiendo todo en asamblea, cada cosa que vamos haciendo. Cuando nos juntamos con el cambio de gobierno en la asamblea imaginamos cuáles eran los horizontes posibles. Y ahí pensamos en las posibilidades: la primera fue la posibilidad de los despidos. Javier Margulis, que era el coordinador del área de teatro, es uno de los ejemplos. La Secretaría de Derechos Humanos, que está también acá en el predio, tuvo más de 120 despidos. Los primeros meses de la gestión de cambiemos nos abocamos como delegados a la reincorporación de los compañeros y logramos reincorporar a muchos. Pero la otra posibilidad tenía que ver con el presupuesto. Durante todo el 2016 no contamos con financiamiento. Ante eso, nuestro horizonte en marzo fue comprender que no éramos una fábrica, que no producimos tornillos: si nosotros dejábamos de tener contenido acá adentro dejábamos de tener sentido como centro cultural, los visitantes iban a dejar de venir y nosotros no íbamos a parar el Conti. Eso iba en contra de la lucha de los organismos durante tanto tiempo, en contra del sentido de este lugar como sitio de memoria. Nosotros decidimos que íbamos a apelar a los trabajadores de la cultura, a los artistas, a los intelectuales, para que siguieran viniendo y siguieran sosteniendo con nosotros este espacio. Así se programó todo el año. Pero nosotros sabemos que eso tiene un límite, que no podíamos sostener en el tiempo la precarización del trabajo alegremente. Nosotros además somos el Estado, este centro cultural depende de la Secretaría de Derechos Humanos.

¿Cómo comenzaron a visibilizar la situación del centro cultural?

En vacaciones de invierno, empezamos a armar unos volantes denunciando el vaciamiento, los repartimos en todas las actividades que había, los colocamos en todas las butacas. Para nosotros el desfinanciamiento es la antesala del vaciamiento de un espacio, después la gente empieza a sobrar y vienen los despidos y todo esto apunta en esa dirección. Durante la noche de los museos lo intentamos visibilizar también. Ahí nos pasó algo puntualmente. Siempre esa noche se acerca al predio una cantidad de gente que generalmente no viene. Nosotros repartimos un volante, pegamos afiches, comunicamos lo que básicamente explicaba el vaciamiento del centro cultural. La gente recibía los volantes, veía la palabra “vaciamiento” y al entrar se encontraba con que el centro cultural estaba sobre programado de actividades, había gente bailando, colgada del techo, una cantidad de actividades que nos hacían parecer unos chiflados, unos activistas extremos reclamando cualquier cosa. Lo que pasaba es que todas las actividades que estaban programadas estaban realizadas por gente que no estaba cobrando. Justamente eso era lo que nosotros estábamos denunciando, era muy difícil explicarlo en un volante, en un cartel.

¿Cómo surgió la idea del festival y de la campaña “El Conti no se achica”?

Bueno, algunos de los disparadores más importantes son estos que charlábamos, junto con el despido de Javier Margulis. Pero además en octubre, el secretario de Derechos Humanos, Claudio Avruj, salió en los medios a hablar por el tema de la presentación del presupuesto en el congreso. Salió a explicar por qué el presupuesto de la secretaría de derechos humanos estaba subejecutado, por qué se había reducido tan fuertemente. Y Avruj usó como ejemplo al Conti. Dijo que el centro cultural estaba sobredimensionado en su presupuesto, que teníamos 25 millones, algo completamente ridículo porque no tenemos ni para pagar un flete. El sindicato nuestro tuvo que pagar un micro hace poco para que la muestra Arte y Territorio pudiera venir, para que pudieran venir los chicos que organizaron los talleres barriales. Y el sindicato se compone con los fondos de los trabajadores, somos nosotros mismos pagando las actividades. Con estas declaraciones, con un nivel de descaro tan fuerte, nosotros teníamos que hacer una campaña para visibilizar nuestra situación, explicar realmente qué nos está pasando, contar la situación de precarización de los trabajadores de la cultura, de los artistas, de nuestro espacio. Nosotros no podemos dejar de decir que los artistas están viniendo acá en este marco, en un marco de absoluta solidaridad, de generosidad con el espacio, pero sin cobrar nada por su trabajo. Todos los artistas, los grupos de música que vienen a tocar los viernes, las obras de teatro, todos vienen generosamente. Algunos artistas ni siquiera quieren pasar la gorra. Además de que esto en el tiempo es insostenible, nosotros no podíamos no decir nada. Así nació la campaña. “El Conti no se achica”, tuvo y tiene ese sentido.

Orquesta popular del Centro Cultural Haroldo Conti

 

¿Cuál es el balance del festival, de los alcances, de lo que se generó a partir de la campaña?

La campaña para nosotros fue un éxito en términos de visibilización. Lo que nosotros queríamos era que Avruj nunca más saliera por un medio sin que se le preguntara por la situación del centro cultural. Y nosotros queremos tener presupuesto para trabajar. Esta es la realidad. Acorralarlo frente a esta situación, hacer una pregunta pública, que queden expuestos públicamente en la mentira y en el manejo que tienen con los medios. Todos los medios alternativos cubrieron el festival, fue hermoso, vino muchísima gente, se renovó el público dos o tres veces. Para nosotros además la campaña fue la posibilidad de darle un marco hasta, te diría, festivo, defender este lugar con alegría, sin bajar los brazos, sin retroceder ni medio paso. Esta campaña continúa porque básicamente nosotros tenemos un vínculo amoroso con este lugar, nosotros queremos al centro cultural, queremos nuestro trabajo acá. No trabajamos acá como si trabajáramos en cualquier otro lugar del estado. Tenemos un deber ético con los organismos de derechos humanos, ellos recuperaron este espacio. Si ellas resisten, como no vamos a resistir nosotros.

¿Cómo se dio este cambio abrupto en el presupuesto, en la gestión del espacio? ¿Algún funcionario les comunicó cómo se iban a organizar a partir del 2016 los recursos para las actividades?

No, para nada, nadie. El nuevo director del centro cultural, Alex Kurland, que pertenece a la gestión macrista y que tiene grandes diferencias con el director anterior, para nosotros no es el responsable de esto. Nosotros hacemos responsable directamente al secretario de derechos humanos, Claudio Avruj. Creemos que Kurland ha intentado por todos los medios conseguir recursos para el centro cultural y que no lo ha conseguido, porque hay una situación que excede a la dirección de nuestro espacio. Fue el secretario de derechos humanos el que subejecutó el presupuesto que nosotros teníamos, fue él quien ante todos nuestros requerimientos, salidos del centro cultural, y sabemos que salían, no dio respuesta, no les dio curso. Avruj hizo lo mismo en la subsecretaría de derechos humanos de la Ciudad de Buenos Aires, viene de ahí, no nos sorprende. Como subsecretario ha cerrado programas nodales en la Ciudad de Buenos Aires, como el de violencia sexual ¿por qué iban a hacer algo distinto acá? El director del centro cultural sí tiene una responsabilidad administrativa. Él tendría que poder gestionar nuestro presupuesto. Cuando nosotros lanzamos la campaña “El Conti no se achica”, esa misma semana Avruj declaró en los medios que el número de detenidos desaparecidos no era 30000. A la semana siguiente suspendió la reunión con el comité por la libertad de Milagro Sala y decidió recibir en el mismo horario al fiscal que tiene presa a Milagro Sala. Una semana después cambiaron el feriado del 24 de marzo. Todo esto es una seguidilla de avances contra los organismos de derechos humanos muy clara.

¿Cómo impactan estos avances en la apuesta cultural del espacio?

Nosotros queremos sostener la calidad de las muestras, de las actividades. Esto es lo que vemos cada vez más complejo. El artista puede ser solidario pero necesitamos además materiales de calidad que lo sostengan. Una muestra fotográfica necesita por ejemplo impresiones de buena calidad para que el artista esté contento con su obra, con lo que se muestra. Pero además una política de estado inclusiva en el acceso a los bienes culturales supone que lo que vos ofrezcas sea de calidad. Pagarle al artista, que el artista cobre lo que le corresponde por su trabajo también es calidad. Por otro lado, que todo pueda estar hecho con los materiales que el artista cree que son los mejores para él, que tengamos a disposición los técnicos necesarios en cada una de las disciplinas para que ese trabajo que el artista imagina sea de la mejor manera posible. Eso supone por ejemplo que en el área de artes visuales o fotografía los montajistas del centro cultural que están muy capacitados, tengan los elementos, las herramientas, los materiales. En teatro lo mismo, que tengan disponibles las luces, que los músicos, los actores, se escuchen bien. Calidad es todo esto, sobre todo que el público reciba lo que el artista proyecta de la mejor manera, como un bien cultural de calidad. Eso es inclusivo y ahí está el estado garantizando ese derecho humano básico, que uno pueda ver el mismo espectáculo en un espacio gratuito y en una sala paga. Una situación artística supone muchos elementos que hacen que sea confortable, placentero, posible. Eso va desde que el artista cobre hasta que lo técnico esté disponible, que haya gente que te acomode en tu asiento, que tu butaca sea cómoda, que la experiencia sea grata. También para nosotros la calidad tiene que ver con el cuidado de los contenidos de las muestras temáticas, con el trabajo de investigación que se desarrolla en el centro cultural, con la biblioteca y su acervo documental, con el hecho de que cada una de las disciplinas esté cuidada. Cada una de las áreas de nuestro centro cultural tiene trabajadores especializados en lo que hacen. La gente de cine es especializada en cine, por ejemplo, y durante todo el año no pudieron pagar derechos de proyección de ninguna de las películas que proyectaron y es barato. No pueden comprar los dvds de las productoras independientes originales cuando les están cediendo los derechos para proyectar.

Festival y acampe de resistencia – Corralón de Floresta

Desde el Corralón de Floresta, la resistencia cultural organizada también responde a un avance concreto del Estado durante 2016. El Gobierno de la Ciudad, bajo el argumento de la construcción de una “plaza cultural”, operó una orden de cierre y desalojo durante el mes de octubre, con amenazas de intervención mediante la fuerza pública. El Corralón de Floresta es un espacio cultural recuperado por vecinas y vecinos y por diversas organizaciones culturales autogestivas. A partir de la crisis del 2001, el Corralón se transformó en un sostén cultural, comunitario, barrial y artístico. Dentro funcionaba la Biblioteca Popular “José Luis Mangieri”, un teatro, una huerta orgánica, un taller gráfico, un circo, diversos espacios de música y danza. La mayoría de los talleres que se brindaban eran a la gorra o gratuitos, abiertos e inclusivos para toda la comunidad. Desde octubre, las actividades y participantes, vecinos, vecinas y escuelas que asistían al espacio se redujeron casi a lo invisible. La biblioteca está vacía. Allí viven hoy familias sin hogar que en los últimos meses buscaron refugio dentro del Corralón. A pesar del amparo que presentaron los Grupos Culturales del Corralón de Floresta, el Gobierno de la Ciudad nunca mostró documentación oficial que establezca las condiciones del proyecto ni garantía alguna para la continuidad de las actividades culturales.

Ante el avance, en el Corralón también se eligió el lenguaje colectivo de los festivales culturales. Nicolás Secilio, integrante del colectivo Huerteca, define parte del símbolo de su pertenencia al espacio a partir de lo que resonó en uno de los festivales organizados durante 2016 para resistir y visibilizar el vaciamiento del espacio.

¿Qué significa para vos el Corralón de Floresta?

Yo tengo algo que me quedó del año pasado, de un festival que hicimos, que es el Huvaiti y significa en guaraní “ir al encuentro”. El nombre se lo puso un compañero y después tuvo mucho simbolismo para nosotros, sobre todo este año. Nosotros creemos que el Corralón es un lugar para ir al encuentro, un lugar de encuentro social, un espacio donde encontrarse desde la confianza. Entrar a un espacio comunitario con una huerta, por ejemplo, te saca de la comodidad de las cosas usuales. Ahí aparece la complicidad, el estar acá desde el principio. Es un lugar de encuentro muy genuino donde se puede aprender, donde se puede ser libre de ser.

Florencia Alarcón es docente. También suma su voz para la entrevista junto a Nicolás. Desde la Biblioteca Popular “José Luis Mangieri”, dentro del Corralón de Floresta, Florencia promovió espacios de lectura durante años junto a sus compañeras y compañeros, participó en acciones de renovación y arreglos autogestionados para el techo, los libros, la organización de los materiales. Florencia es parte del colectivo Huerteca que recuperó para la comunidad una biblioteca olvidada, perdida para el barrio. Después de la orden de desalojo del Gobierno de la Ciudad, regresa para la entrevista. La biblioteca vacía y las familias que viven adentro se convierten en un entorno intenso, triste, que acompaña a Florencia durante toda la charla en retrospectiva.

¿Cómo empezó tu vínculo con el Corralón de Floresta?

Yo llegué en el 2012 por un compañero que estaba antes en la biblioteca. En el Juan B. Justo, el instituto donde me formé en la docencia, surgió en esa época una asamblea para empezar a recuperar esta biblioteca. Ahí se hizo el Festival ConVida en el 2011 y en el 2012 una jornada de trabajo comunitario donde se creó la huerta. Yo empecé a venir en esa época. Comenzamos distintos ciclos de cine y empezamos a formar fuertemente nuestro colectivo, a promover talleres, a pensar el espacio.

Y en ese momento ¿cuál era la propuesta cultural que ustedes compartían?

Nuestra intención era que este espacio se lo apropien otras personas, el propio barrio, que puedan venir a hacer talleres, a expresarse con música, con poesía, con la tierra. Habilitar espacios para compartir la cultura, potenciar la idea del espacio público.

¿Qué le pasó a ese proyecto, a ustedes, a partir de la irrupción del estado?

N: Cuando irrumpió el estado acá dividió muchas fuerzas, porque teníamos que estar pendientes de la parte legal, de la Comuna, de movilizaciones, de estar acá presentes a ver cuándo venían a desalojar, cuándo a investigar. Y la propia bomba que generó acá adentro.
F: Yo creo que se profundizó todo. Me parece que en momentos de malestar se profundiza todo. Y me parece que algunos y algunas pudimos sostener eso que decía Nico, y otros estábamos enojados, cansados. Y ese enojo lo trasladábamos a las reuniones, a los momentos de decisiones sobre cómo seguir. Cuando entra el Estado a decir “estamos nosotros acá”, tenés a alguien presionándote todo el tiempo, te corre el tiempo. Así es como se cae el espacio.

Biblioteca Popular “Jose Luis Mangeri” – Corralón de Floresta

¿Cómo es la situación actual en el Corralón?
F: La situación actual claramente es que nos ganó el Estado. Porque nos quebró. Porque rompió los lazos. El modelo capitalista, ¿qué impone? Una vida individualista en la cual vos te encargás de vos, de lo que vos creés, de lo que vos pensás. Si tenés que correr gente en el camino, es lo que hay que hacer. Y para mí lo contrario de eso es hacer redes comunitarias. Tener vínculos, manos, y entender que son esos vínculos humanos los que pueden transformar. Esos lazos acá se quebraron. No están. No existen. El espacio está vacío, no hay actividades culturales. Hay algunas sueltas, pero el Corralón está muy lejos de ser lo que fue.

Nicolás ceba un mate, escucha a Florencia, mira el espacio abandonado. Decide recuperar un recuerdo significativo que lo convocó en sus primeros momentos de llegada al Corralón de Floresta, un gesto que él sigue replicando en otros espacios donde continúa construyendo comunidad, cultura, gestación colectiva.

N: Me acuerdo las primeras reuniones de la huerta, donde yo estaba muy tímido. Me quedaba escuchando sin hablar porque no me sentía preparado para intervenir, me sentía sin conocimiento. Sin esta autoridad, ¿qué voy a aportar?, decía yo. Teníamos un compañero que en ese momento era un referente del grupo, era uno de los más grandes y uno de los que levantó la biblioteca desde el principio. Estábamos todos en una reunión y él terminaba de definirse sobre un tema. En ese momento se detiene y me pregunta: “Bueno, quería saber qué pensás vos Nico”. Yo di mi opinión tímidamente. Pero él me dio espacio para intervenir. Eso me habilitó muchísimas cosas. Y ese gesto, después que él se fue, lo repetíamos con otros que llegaban a la biblioteca, a la huerta, a los talleres, se convirtió en un dispositivo que servía para integrar a toda persona nueva, para dar espacio, para abrir.

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