Desde el otro lado de la reja: Testimonio de Nora Calandra

Por Jennifer Löcher.

Nora Calandra es ex detenida y estuvo seis años encarcelada. Dentro del sistema penitenciario, resistió, luchó y parió a su hijo Santiago. Fue liberada hace tres años y hoy está organizada en la Red Niñez Encarcelada y en Sedyf, la Secretaría de Exdetenidos y exdetenidas y Familiares de detenidos de CTEP.

En el Taller de Cárceles y Sistema Represivo del 33° Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis y Trans dio testimonio de sus vivencias en la cárcel.

“Este es el segundo Encuentro del que participo, el primero fue en Mar del Plata al mes de quedar en libertad. Salí muy enojada y fui al taller. Estoy de acuerdo con que el feminismo tiene que atravesar los muros. Que si llegó al Senado, tiene que llegar a la cárcel. No tiene que parar. Creo que es una deuda pendiente y así lo sentimos. Dentro de las cárceles, si les cuento las vivencias…

Yo fui madre en contexto de encierro, yo parí con una cadena en mis pies, no pude acunar a mi hijo. Fueron seis años de lucha desde que yo conocí lo que es la cárcel de mujeres. Les voy a hablar desde mi experiencia.

Cuando quedé embarazada, fue al año de ingresar a Magdalena. Obviamente, no tenía la opción. Quedé. Llegué a la Unidad 33 Los Hornos en La Plata donde conviven las mujeres con sus hijos hasta los cuatro años. Hay chicas que ingresan con chicos o embarazadas y los podemos tener hasta los cuatro años. Cuando llegué, empecé a darme cuenta de todas las cosas que pasaban, de la desunión y cómo el servicio penitenciario fogonea esa desunión. Prefiere mujeres separadas, o mujeres anestesiadas por las drogas que ellos mismos les dan. Entonces, las mujeres no se dan cuenta de a dónde tienen que ir. Por eso se necesita el apoyo, las organizaciones, la presencia civil desde afuera. A mí me cambió la cabeza. Estuve seis años y a mí me salió primero la cabeza que el cuerpo. Porque iba Atrapamuros, iba la extensión de Trabajo Social de La Plata. Eso fue lo que me ayudó. Ver gente sin uniforme que me escuchara, y comprometida. No tiene sentido ser organización o que te interese el tema de mujeres en contexto de encierro sólo para escribir. Porque van a escribir con nuestra sangre y nuestras lágrimas. Eso no tiene que pasar. No nos sirve que escribas una tesis con nuestra sangre y no entres más a la cárcel. Si van a entrar, que entren y estén. Que entren y saquen la voz. Porque después se van y a nosotras nos mandan al otro lado de la provincia. Eso es lo que pasa. Necesitamos acompañamiento. Somos mujeres.

La primera noche del Ni Una Menos, yo estaba en Batán. Hicimos como pudimos una bandera que decía “Ni Una Menos. Unidad 50 Presente”. Y nadie la acompañó. Una profesora de filosofía de Mar del Plata la sacó y la marchó sola. Nosotras peleamos…

Cuando estuve embarazada, yo aparte tenía hijos de diez y dieciseis años. Yo no cobraba Asignación Universal y mis hijos tampoco. En ese momento había 120 chicos viviendo ahí y no tenían acceso a la Asignación Universal como derecho. Nuestros hijos de afuera tampoco. Porque no la podíamos gestionar. Mis compañeras y las que están ahora, son todas jefas de familia. El 97% son jefas de familia. Los maridos no bancan nada. Se van. Y quedaron solas. En ese momento no entraba Anses para hacer un poder, por lo que había un vacío ahí. En la Unidad 33 se puso ahora un personal de Anses para hacer la tutelar. A nosotras, la Asignación Universal no se podía depositar. Si el chico estaba adentro, no se podía depositar. Entonces, siempre alguien tiene que manejarlo.

Después, muchas jefas de familia no nos manejamos con la familia directa de sangre. La familia es la vecina, es la comadre. Ese lazo que tenemos, no es reconocido. Esa familia social no es reconocida, no le permiten visitas. Luchamos también por eso en ese momento. Nos pudimos unir y canalizar el enojo para el otro lado de la reja y no pelearnos entre nosotras. Porque lo que pasaba era que nos peleábamos entre nosotras.

Muchas veces llamaba por teléfono y no me podía comunicar porque la tarjeta duraba cinco minutos y resulta que mi hija vivía con una abuela y mi otra hija con otra abuela. Llamaba a la una o llamaba a la otra. Y el llamado, empezaron a prohibirlo. Te daban un llamado por semana de cuarenta minutos, y empezaron a prohibirlo por los secuestros express. Que hacen los varones, no nosotras.

O el tema del celular. Yo tengo dos hijas, pero hay compañeras que tienen seis, siete. Que uno está institucionalizado, el otro está en otro hogar porque uno es varón y la otra es mujer y entonces los separan y desmembranan a la familia. Están con un tío, un abuelo, alguien pasajero y no hay forma de vincularlos a todos para comunicarse. Todas estas cosas todavía se pelean. En ese momento peleábamos por la comunicación, por los pañales, por la leche, por la comida. Hasta ahora es un churrasco para las embarazadas, los chicos y las pibas que conviven con HIV y las anémicas. Porque se desmayan las pibas por la falta de alimentación. Es un churrasco, una papa y un zapallo.

Lo que peleamos fue que se pueda gestionar el tema de Anses, el tema de la institucionalización de los chicos, que las visitas se extiendan. Había una compañera que vivía con su hijo chiquito, pero tenía otro más de seis años, bebé también, en algún hogar. Y lo tenían que trasladar y como la trabajadora social no tenía tiempo, tenían una visita de quince minutos, y el nene estaba desesperado de ver a la mamá. Él no sabe del tiempo. Era terrible de ver. Lo tenían que arrastrar para separarlo de la madre. Y los chiquitos de afuera no tienen contención. Nadie les explica por qué cuando van a la visita, mamá se queda y ellos se van. Ellos no lo van a entender. Esa falta de acompañamiento son esos vacíos por los que mis compañeras están enojadas. Porque no son reconocidas. Están enojadas. ¿Sororidad qué? No hay. No se siente en las cárceles. Salvo algunos colectivos que entran y que obviamente no logran abarcar.

En Magdalena es terrible ver cómo cierran la puerta para que no entre ningún civil. Es terrible lo que hacen. En Magdalena es un solo pabellón de 115 mujeres. Dos teléfonos para comunicarse. Tenés que pelear para hablar por teléfono. Son trece celdas y después están otras chicas apartadas. Ese acompañamiento es lo que estamos pidiendo ahora.

La infantilización que se vive en la cárcel, se extiende en el después. Yo tenía que pedir para ir al baño, para lavar la ropa, para ir a la plaza con mi hijo, para que me lleven al médico. Se sufre ese infantilismo porque no hay progresividad. Al no haber acompañamiento, no haber capacitaciones, no haber conocimiento de los derechos, uno cae. El tener que ser jefa de familia, llevar adelante una familia, tener que vender droga, tenés que salir a robar para mantener a la familia. Y de repente, pedís permiso para hacer pis. Esos traumas, así sea un mes, sean seis años, te marcan la vida. Porque salís enojada. Yo no podía disfrutar la libertad. Vivía extrañada. Llegó un momento en que yo extrañaba la cárcel. Extrañaba a mis compañeras. Porque cuando salí, mi gente no era la misma. No era la que yo había dejado. Se acostumbró a mi ausencia. Se arreglaron como pudieron con mi ausencia. Mi hija no me hacía caso, mi otra hija tampoco. Yo decidí externar a Santiago a los dos años porque me había expuesto mucho porque confronté al servicio penitenciario. Y sabía que en cualquier momento me iban a caer y pensé que me van a hacer el traslado o crear el conflicto para que una compañera confronte conmigo. Eso es lo que hace el servicio. Es lo más fácil que hay. Le dan algún beneficio y dentro de su necesidad toma ese beneficio y hace lo que al servicio penitenciario le sirva. Sea que ella venda droga o que explote con alguna compañera.

Entonces, decidí sacar a Santiago cuando él tenía dos años. Lo pensé desde su derecho sobre el mío. El derecho a la libertad de él sobre la necesidad mía. Con el acompañamiento de mi familia y de mis hijas ya en ese momento adolescentes. Con el dolor del alma lo dejé ir y me quedé yo. Para poder seguir prometiéndole al servicio que me iba a portar bien. Cosa que no. Porque no me van a disciplinar ellos. Eso lo tenía claro dentro de mí. Pero también llegué a un momento donde me tenía que ir. Necesitaba irme a mi casa. Pensé hasta en escaparme. Toda esa tortura es la que hace el servicio penitenciario. Jugar con las entrañas, con la familia. Una extraña tanto a la familia. Juegan con las visitas cuando entran. Bajarle los pantalones a tu hijo cuando no está permitido. Y peleamos por eso. La exposición lleva a eso a veces. Lleva a no querer luchar por el miedo. Porque el servicio penitenciario, como toda fuerza, tiene tanto poder ahora.

El sistema de mujeres no tiene tanto ingreso de civiles. Entonces estamos solas las pibas. Entonces fogonean el tema del compañerismo, separarlas, fragmentar para que cuando va alguna organización, va sólo la que se porta bien. Así también con el culto, el colegio. Va la que se porta bien, la que es buena madre. La que es mala madre no. La que se droga no. Todo el tiempo así. Todo el tiempo calificando. Si tu hijo es lindo. Si lo vestís bien. Y sobre eso se basan los informes del servicio penitenciario. Si sos buena madre, si sos mala madre. Y muchas aprendimos a ser madre dentro de la cárcel. Dos experiencias tuve, de pibas que, muy jovencitas, tuvieron el bebé dentro. Salieron del mambo, de las pastillas, de la droga. Y se encontraron en la cárcel y embarazadas. Ni siquiera sabían por qué. 18, 19 años. Esa soledad que se vive es terrible.

Hace tres años que estoy en libertad. El primer año me acomodé y luego empecé a hacer las redes y a militar.

Santiago ahora tiene seis años. La vinculación con él fue dolorosa. Me costó mucho porque yo salí cuando él tenía dos años y en dos años lo vi dos veces por el tema de la distancia. Yo estaba en Bacán y ellos se fueron a Merlo. Los pasajes son un tema. No los dan. Hay un convenio con el servicio penitenciario y algunas empresas que tienen que dar los pasajes sin costo para poder ir a visitar. Esos pasajes no se están dando. O si te los dan, vas a la empresa y como el gobierno de la provincia no paga no los quieren cambiar. Ahí se desvincula. No hay otra movilidad.

Cuando estaba en Magdalena en la 50, el pabellón donde estaba es un complejo donde hay una cárcel de mujeres y tres cárceles de hombres. La ventana de la celda donde estaba daba a la Unidad 28 que estaba al lado. Se veía a las cinco de la mañana cómo mujeres corrían con los chiquitos y los carritos. Y mirábamos así: “Mirá cómo van a verlos.” Y a nosotras un SUM de 100 personas no se llenaba. Porque muchas decidimos que nuestras familias, las mujeres, se queden con los hijos y que den de comer a nuestros hijos. Los maridos, olvidate. Yo en Magdalena comía de la polenta que daban, pero me quedaba tranquila de que no les estaba sacando comida a mis hijos. Quedate mamá, quedate hermana, quedate tía, vecina, comadre, que yo estoy bien. No necesito nada. Cuando el servicio penitenciario no te da ni una toallita. Para los varones está contemplada una maquinita de afeitar. Y ni una toallita para nosotras. O una maquinita de afeitar para mí. Es así. Ellos tienen más acceso. No voy a nivelar el dolor y el padecimiento porque es terrible también. Pero hay cosas en las que a nosotras no nos tienen ni siquiera en cuenta. Ni siquiera los reclamos que ellos hacen cuando hacen huelgas generales. Nos dejan afuera de los reclamos. A ellos también hay que educarlos.”

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