Mujeres al sur del sur: feminismos, exilio, dictadura y ni una menos desde las voces y las historias de Tununa Mercado, Dora Barrancos, Susana Sanz, Flor Monfort y Lila Pastoriza.

Por Claudia Estanga.

Cinco mujeres, cinco voces referentes del movimiento feminista, el periodismo y la militancia social exiliadas durante la dictadura, reflexionan firmes desde el Centro Cultural Haroldo Conti sobre el impacto de esos escapes en sus biografías, en sus vínculos con el feminismo, en sus despertares y en sus preguntas hacia el interior del movimiento de mujeres. ¿Cómo se gestaron los movimientos feministas durante los años ´60 y ´70 en Argentina? ¿Cómo impactó el exilio y la persecución en el desarrollo de los movimientos feministas y en la biografía de las mujeres? ¿Qué experiencias se forjaron las mujeres feministas exiliadas en el exterior? ¿Qué impacto y qué raíces tiene hoy la lucha de las mujeres con respecto a la lucha feminista de las mujeres en los ´70?

 

La charla se abre con la voz de Lila Pastoriza, innegable referente de los movimientos de mujeres y derechos humanos, secuestrada, exiliada y perseguida durante la dictadura militar. Su voz presenta una profunda reflexión entre las mujeres que asistimos y participamos en la muestra “Exilios”, que lleva adelante el Centro Cultural Haroldo Conti. Estas voces potentes y referentes, se inscriben en la pregunta por el impacto de las persecuciones a los movimientos de mujeres que ya estaban gestándose desde los años ´60 y que tuvieron además una inscripción y una huella diversa, íntima e imborrable para las biografías de estas mujeres particulares. Ir, volver, transformarse, temer, regresar con el feminismo como emblema son actos que se escuchan en estas historias, profundamente formativas para comprender la gestación de un feminismo de estos rincones del mundo, enclavado en una historia social latinoamericana y argentina. Las voces se encuentran en un diálogo sobre el estado del movimiento actual de mujeres en relación con pasados de militancia y nuestra escucha se abre al tiempo que cada una de ellas va contando su historia, su conexión con el feminismo, su pasado setentista, su innegable presente firme y comprometido.

Fuente: Centro Cultural Haroldo Conti

Lila Pastoriza: La idea es poder discutir, analizar, pensar, cómo pudo haber funcionado y aportado lo que pasó en el exilio para los movimientos de mujeres, de esas luchas, del tema del feminismo. También tienen que ver las experiencias que vivimos en los países donde estábamos. Queremos historizar profundamente este tema, hoy el movimiento de mujeres, la feminización de las luchas en general es una realidad evidente. Hay una interacción entre esa feminización y las transformaciones hacia nuestros roles, la relación con el hombre, la idea de lo que hoy es la pareja, la relación en la casa, la cuestión sexual, la división de roles. En este país en donde está pasando todo esto, para algunas de nosotras la toma de conciencia acerca de la subordinación de la mujer comenzó en el exilio. Cuando llegué a México en marzo del ´80 si me preguntaban sobre el feminismo no tenía idea. En la historia personal mía, incluso habiendo estado secuestrada, no aparecía el feminismo como una cuestión abordable. Yo descubrí el feminismo en México en el exilio. Mi primer trabajo en México fue de correctora de la revista Fem. Era una revista que había salido en 1976. Ahí empecé a tomar contacto con el feminismo a partir de la corrección de las notas, donde escribían muchas académicas, mujeres con palabras muy importantes en México. Era una revista bastante nueva que se proponía difundir temáticas de interés para la mujer en sus distintos ámbitos de acción. Si bien ese trabajo fue transitorio, yo empecé a conectarme ahí con la cuestión del feminismo. Ya mis amigas cuando nos reuníamos allá me decían “acá ya somos todas feministas”, eso nos llevaba largas charlas muy profundas. Las mujeres ahí estaban realizando un proceso importantísimo para aclarar de dónde venía el largo camino de la opresión. Fue muy importante para mí. En esa época que estábamos en México el feminismo penetraba en muchos lugares, ellas decían “en todos los rincones”. Pero la tarea era la de llegar a todas las mujeres para que pudieran organizarse por sus demandas. Con esas ideas yo volví a la Argentina. Uno de los primeros trabajos que hice al volver fue una investigación sobre la mujer y el trabajo que luego se publicó en un cuadernillo especial de la CGT. Fue sumamente importante porque me permitió una continuidad con lo que traía de México y sobre todo abrir contacto con un tema que vinculaba el tema de la mujer y su autonomía y mi pasado militante.

Fuente: Centro Cultural Haroldo Conti

Tununa Mercado: la primera expulsión que viví en Argentina fue en la época de Onganía. Ese fue mi primer exilio. Fuimos expulsados, mi marido, mis hijos, la familia entera. La Universidad de Córdoba se cerró, todas las posibilidades también. Nos fuimos a Francia en Octubre de 1967. Nos fuimos muy pocos días después de la muerte del Che. Era irse con una especie de puñal clavado. Subir a un barco y despedirnos de la Argentina. Con nosotros venía un cordobés que pertenecía a la cátedra de mi marido, Noé Jitrik. Este compañero era además compañero mío de la facultad. Cuando el barco se aleja, alguien toma una foto y hay dos niños que son mis hijos, en ese momento una niña de un año y medio y un niño de cuatro, nosotros, Noé y yo, y este amigo, Ulises. Mucho tiempo después cuando nosotros vimos esa foto, me dí cuenta que salvo los niños, nosotros, nuestras caras, eran totalmente dramáticas. Algo muy parecido a esas fotos de grupos de inmigrantes, con una cara elocuente. Al instalarnos en Francia, lo primero que hicimos, lo único que teníamos ahí era una foto del Che que había salido en la portada de un diario de Francia. Así que la pusimos con una chinche en la pared. Una casa vacía, el retrato del Che, y nosotros ahí preguntándonos “qué hacemos ahora”. Era una sensación de completa extranjería, de primer exilio.

En ese momento hice una acumulación de la lengua francesa, me adentré en ese idioma. Lo que primero apareció y que ya venía de mi formación universitaria era el existencialismo, Sartre, todas esas lecturas que me traían algo que parecía una contradicción. En ese mundo de movimiento estudiantil, de cambio, aparecía la idea del amor libre, de las parejas abiertas. Digo que era un esquema contradictorio porque se le confesaba al otro o a la otra la existencia de un amor, era libertad pero a la vez una confesión de culpa. Siempre estuve en desacuerdo con esto para cuestionar la pareja monogámica, la idea del desliz. Me parecía que esto era una trampa ética. Pero esos modelos eran Sartre y Simone de Beauvoir, que ya lo habían novelizado, expresado en sus textos. Ese fue un primer momento para mí de una dimensión feminista, un cuestionamiento de las relaciones amorosas. Yo en ese momento tenía 26 años, era todo un descubrimiento. Justo cuando estábamos en Francia llega mayo del ´68. Entonces ahí hay otra imagen que caracteriza ese momento libertario de lucha obrera, las consignas, la fuerza. Sin plantearlo, ya éramos feministas. Es curioso pero ya se creaba un aura de cuestionamiento sobre la pareja y el sometimiento patriarcal. En el año 1969 ya se conocía la píldora en Francia y la posibilidad de los abortos legales en Inglaterra. Son cosas que en el mundo, en la sociedad en que vivíamos en ese momento, eran muy importantes.

Con el Cordobazo a nosotros se nos cambia el signo y empezamos a pensar en regresar a Argentina. Hay una pulsión de regresar. Ahí viene para mí un momento importante. Yo empecé a trabajar al volver en el diario La Opinión, los primeros años de los ´70, en una sección que dirigía Felisa Pinto y que se llamaba “La Mujer”. Era un suplemento de vida cotidiana porque desde luego nunca le iban a dar a la mujer un papel preponderante en un diario. Ahí nosotros nos hicimos cargo de todos los textos, las manifestaciones feministas, las traducciones. Esa fue mi entrada y esa fue la primera Fem en la que estuve. En ese momento había algunos movimientos: el Movimiento de Liberación Feminista, había reuniones de lectura sobre el feminismo. Todo lo que escribimos en el momento estaba en relación con la liberación femenina. Timerman nos hizo llegar un día un papelito diciendo “bajen de todo esto”. Como castigo, nosotras durante dos semanas no publicamos más que recetas. Y entonces Timerman la llamó a Felisa y le dijo “vuelvan, vuelvan”. Ese fue un momento de mucha audacia en esas escrituras.

Luego, en 1975 cuando llegamos a México se produce el primer año internacional de la mujer, ese fue mi segundo exilio. Para mí que era un especie de novata, descubrir la conquista, la contundencia del discurso feminista de distintos lugares del mundo, fue un sacudón para mi espíritu, se me derribaban todas las cosas que yo en algún momento sostuve. Eran mujeres muy potentes, muy fuertes, que venían de Asia, África, Europa y Estados Unidos, eran proveedores del discurso feminista más nuevo. A algunas ya las había leído en mi momento de trabajo en La Opinión, como Betty Friedan, Angela Davis. Una vez que termina este año, surge entonces la revista Fem, en el año 1976. En el año 1977 yo entro ahí con un colectivo de mujeres vinculadas a movimientos de mujeres y a la academia, un trabajo que prosiguió muchísimos años. Éramos un grupo que además nos reuníamos una vez por semana y eso fue una total inmersión en un mundo revolucionario, en el mundo de México, de la mano de cabezas muy brillantes que apostaban al movimiento feminista. Todas mujeres vinculadas a los derechos humanos también. Esa revista tuvo la certeza de que las luchas feministas no se podían hacer solamente en el interior de los gabinetes. Entonces empezaron a salir a la calle, hablaron con las campesinas, con las obreras, las costureras, para mí era imposible porque yo era extranjera. Pero las compañeras mexicanas me iban empapando de esa lucha, una lucha que para ellas comenzaba con muchísimo vigor. Con esa revista empezó un fenómeno de divulgación de la literatura de mujeres lesbianas. Y una compañera nuestra publicó la primera novela lesbiana feminista de América Latina. Ella le puso Amora a la novela. Feminizaba la palabra amor, en ese momento eso fue un click.

Fuente: Centro Cultural Haroldo Conti

Susana Sanz: Yo salí al exterior rumbo a Brasil y luego a México con mis hijas a fines del año 1977. Yo vivía en el interior en la provincia de Mendoza, en San Rafael y trabajaba como abogada laboralista. Participé de un montón de conflictos colectivos, de luchas colectivas ahí, y eso me fue poniendo en una situación de sospecha. Yo era abogada laboralista en el movimiento obrero y de a poco iba siendo calificada como comunista. Sin embargo mi trabajo alrededor del derecho laboral me puso en contacto con los principales gremios y ellos comenzaron a convencerme, a decirme “usted es peronista pero no se da cuenta”. Eso me pasó también cuando descubrí que era feminista y no lo sabía. Trabajé en esos años, eran años de fuertes enfrentamientos, finales de los años 60. Eso también me permitió tener trabajo en sindicatos de mujeres y principalmente también con las familias de los dirigentes gremiales. Eso me permitió ir comprendiendo las particularidades que tenían los frentes internos en el sostenimiento de una huelga, por ejemplo. Lo fundamental que era el acompañamiento y el sostenimiento de las mujeres de los dirigentes para poder seguir avanzando. También lo que costaba que los sindicatos de mujeres se decidieran a un paro, aunque siempre se convertía en una persistencia mayor de la lucha. Eran todas cuestiones que yo iba descubriendo en el accionar de los sindicatos, al interior de un movimiento que buscaba la liberación nacional y popular, que era donde yo participaba. Por ser mujer fui integrando numerosos grupos, pero creo que la Fundación Evita fue un disparador muy importante para las mujeres de nuestro tiempo. En la constitución de la agrupación Evita se armó un frente de mujeres donde podíamos pelear pero sobre todo hacer una práctica juntas, nos permitía ir construyendo discusiones, propuestas, que íbamos profundizando, cuestionamientos respecto a nuestros roles de amas de casa, trabajadoras, obreras, madres, en las parejas, veíamos que desde los sectores populares las mujeres iban reclamando derechos y que de a poco se iban sintiendo representadas. Mientras que en el mundo como decían las compañeras recién, se estaba gestando una movilización hacia un mundo más socialista e igualitario, la situación de estas mujeres no iba en el mismo sentido. Teníamos muchas diferencias con los hombres en los lugares que ocupábamos dentro de los sindicatos, en los partidos políticos, éramos siempre las que servíamos café, las secretarias. Nosotras íbamos notando esto y no podía seguir oculto si peleábamos por la liberación y la igualdad. Cuando veíamos la cuestión de los derechos universales, muy en auge en ese momento, nos dedicábamos a comunicar que las mujeres no gozábamos igual que los hombres de esos derechos. Esta experiencia de la agrupación Evita juntó a miles de mujeres de todo el país y fue una gran transformación para el movimiento popular de mujeres.

Además la forma en que nos reuníamos también era un cambio muy fuerte. Reunirnos entre mujeres, discutir entre mujeres. Tratábamos de discutir las experiencias de las compañeras en los barrios, qué les pasaba, la poca participación, el temor de hablar en público, el hecho de dejar a los hijos para reunirse, la forma en que eran tratadas por los compañeros, todo eso discutíamos. Esto nos fue dando una nueva visión como mujeres, como militantes, nos fue enriqueciendo mucho ese hacer. Nosotras lo íbamos construyendo a partir de nuestras propias experiencias y eso nos permitía una creatividad colectiva, cuestiones que superaban las tareas meramente reivindicativas de las mujeres. Nosotras construíamos desde una práctica, desde un hacer, sin que tuviéramos una orientación teórica concreta, era siempre desde el marco de la liberación y desde nuestra experiencia en los barrios. Esto implicó que miles de compañeras pudieran apartarse de a poco de los mandatos sociales que se establecían en esa época y justamente eso fue la causa de la desaparición de muchas de nuestras compañeras de ese momento, alrededor de un 30% de ellas. Sobre todo fue un castigo total que se les aplicó a esas madres cuando les sacaron sus hijos, por haber permitido esta apertura, este accionar, esta práctica. El terrorismo de estado quiso ejemplificar lo que una mujer no podía hacer, lo que habían osado realizar en una sociedad que no lo toleraba, esa apertura era lo que las volvía perseguidas, eran subversivas porque cuestionaban valores sociales muy profundos.

Cuando llegué al exterior hacia fines de 1977 porque la situación era insostenible, en Madrid, me sumé al trabajo que se estaba haciendo de denuncia por las desapariciones en Argentina y concretamente con desapariciones de las mujeres. Se empezó a trabajar en solicitada desde allá, logramos que se sumaran las principales voces feministas de Europa, tuvimos un gran alcance. Desde nuestro movimiento propiciábamos que las mujeres se insertaran en el trabajo, que participaran en los sindicatos, eran formas incipientes de grupos de miles de compañeras que comenzaban a moverse y a transformar entornos tan duros como los sindicales. Cuando llegué a España empezamos a leer, a entrevistar a mujeres de partidos políticos y a buscar ayuda para trabajar desde allá con denuncias por las desapariciones en Argentina. También comenzamos a participar en las marchas en Europa, recuerdo un 8 de marzo con mis hijas en Roma como un día muy impactante, una marcha de feministas italianas, miles de mujeres con una fuerza, con una energía que nos dejó impresionadas. Esto que íbamos gestando en nuestras reuniones, a partir de adentrarnos en el feminismo comenzamos a darle forma estructural, a encontrar principios generales para no quedarnos en nuestras experiencias, nuestras anécdotas. Esta posibilidad que nos da el feminismo justamente de poder encuadrar todas nuestras preocupaciones en un marco teórico de referencia que nos permitía pasar de lo anecdótico a la categorización de lo que pasaba. Estas herramientas no las teníamos. Y fue el feminismo que nos las brindó.

Yo era feminista y no lo sabía, incluso en una nota que me hicieron en esa época donde nosotras peleábamos por la patria potestad y otras cuestiones legales para las mujeres, en el diario aparezco diciendo “yo no soy feminista”. Lo leo ahora y es horrible. En esta puja interna que había entre el peronismo y otros sectores para lograr reivindicaciones obreras a su vez se daba un desentendimiento del feminismo como movimiento o la oposición de algunos de estos sectores a la hora de propiciar el voto universal para las mujeres. Incluso hoy a veces escucho frases como “yo soy femenina pero no feminista” que no sé bien qué quiere decir eso. Imagínense que aun persiste eso. Es como una defensa, una no aceptación a que somos feministas. Las mujeres que nos hemos movido en estos movimientos de liberación hemos tenido siempre una articulación entre peronismo y feminismo, por ejemplo, aunque no lo supiéramos. Porque naturalmente la amplitud y los espacios que abrió el peronismo para las mujeres permitió desarrollar justamente la gestación de estas acciones feministas, estos avances, estos cuestionamientos. Ahí descubrimos que el patriarcado era un sistema que buscaba que esos límites no se corrieran para nosotras, porque era funcional, con esto seguimos peleando actualmente. El feminismo me sumergió de lleno en cuestiones tan impactantes, por ejemplo la idea de que lo privado es político, eso me cambió. Poder trasladar las problemáticas de nuestras casas a la política, a todas las estrategias de dominación que están ahí, cómo romper con esto, todo eso fue maravilloso, me enamoré de todo eso.

Fuente: Centro Cultural Haroldo Conti

Dora Barrancos: En mi caso, yo provengo de una familia altamente politizada antiperonista. Mi papá era un liberal socialista y mi madre era muy crítica, muy acompañante de origen protestante, en mi casa se charlaba mucho sobre aspectos de justicia básica. La politización de mi familia tenía un fogonera notable con mi tía Leonilda Barrancos, una socialista muy singular, una de las pocas candidatas mujeres que llevó el socialismo en 1951 por la Ciudad de Buenos Aires. Mi educación fue bastante privilegiada. Mi padre ya esperaba una escala intelectual, un vaticinio sobre mi, sobre todo porque tenía esa contraparte que traía mi tía, una apuesta positiva a mi desarrollo. Yo me encuentro muy adolescente como una justiciera básica, no tenía elementos de construcción o de reflexión respecto a las inequidades, donde había lío yo estaba. Me comenzaba a perturbar una proto definición de las ideas entre reaccionarias y no reaccionarias. Había muchos pensamientos reaccionarios. Para mí fue fundamental en esa época el descubrimiento de Operación Masacre. A mí me deconstruyó la ideología en conjunción con la justicia social y mis padres eran gorilas, querían “pacificación”.

Yo inicié mi recorrido político en el socialismo de vanguardia y en esa época íbamos a la villa de Flores, en plena dictadura, mujeres queriendo zafar de la policía, organizándonos para hacer pegatinas. Todo un momento de mucha militancia. Continué mi militancia en el peronismo, en la zona de Berazategui, ahí encontramos un lugar muy importante de militancia. El feminismo para mí era interesante pero como yo era una justiciera básica y además muy cocorita enfrentaba las circunstancias sin esa alianza fundamental gnoseológica que era el feminismo. Pero tenía una íntima amiga mayor que yo que había sido militante del partido comunista, feminista y me decía: “Dora, alguien como vos no puede no leer El segundo sexo”. Yo creo que mi generación leía ese texto en términos literarios, no en términos teóricos. En 1972, me invita la OEA a hablarles a campesinas del área andina sobre feminismo. Me encuentro hablando con ellas sobre la insurgencia latinoamericana, la necesidad de organizarnos como mujeres. Esa fue una gran proximidad para mí con la cuestión feminista. En 1977 tuve que exiliarme después de un año tremendo, desaparece Irene, la hija de Silvia Bermann, nieta de Leonilda Barrancos, mi tía. Yo perdí todos mis trabajos, mi trabajo en el Pami por ejemplo. El Pami fue intervenido y en las listas de exoneraciones aparecí en el lugar cuarto. Así que fuimos intimados a dejar el lugar inmediatamente que supimos de las listas y recuerdo que bajamos cantando la marcha peronista, algo que era bastante temerario a la luz de los acontecimientos. Ese día, almorzando, un compañero me dijo que uno de nuestros conocidos había sido “levantado” cerca de la costanera y no aparecía. Otro mencionó que tenía una vecina que había visto cómo se llevaban gente encapuchada. Así fue que comencé a enterarme de las desapariciones. Yo fui avisada por un vecino que me dijo estén con pasaportes listos y valijas. Irene Torrens estaba en ese momento en mi casa, le habíamos dado refugio. Ella desapareció meses después y ese día escuchó todo lo que mi vecino me había dicho. En 1977 llegué entonces a Brasil exiliada con mi familia, con mi hija más pequeña y ahí se produce mi encuentro con el feminismo. Tiene que ver con el código penal de Brasil. Había ocurrido un homicidio de una muchacha en Minas Gerais donde yo vivía. Su pareja alegando infidelidad la había matado en Búzios. Un día veo en televisión una entrevista al abogado del homicida, que era el más importante penalista de Brasil. Y el periodista le preguntó qué estrategia iba a usar para defenderlo. El abogado respondió “legítima defensa del honor”. Los códigos penales admitían en esos años los homicidios por causa de esta brutalidad. En Argentina se modificó en 1921 dando lugar a la emoción violenta como justificación. De modo que esto fue para mí un despertar. Yo tenía muchas amigas feministas en Brasil que daban por descontado que siendo yo tan progresista, era feminista. Pero no era así. Recién después de las manifestaciones que trajo este homicidio yo me desperté verdaderamente al feminismo. Ahí leí intensamente, me sumergí. Y en mi regreso en 1984, fue todo muy duro. Me parecía que aquí todo estaba retardado, las expresiones cotidianas, los modos de relación, todo me parecía mancillado, todo era involución para mí. Y con las expresiones del feminismo tuvimos la expectativa que algo había sido transformado de fondo, que había sentidos ya renovados.

Fuente: Centro Cultural Haroldo Conti

Flor Monfort: yo nací en septiembre de 1976, en julio de 1977 mi familia emigró a Barcelona. Hasta ese momento mi mamá era la conductora de un programa muy famoso que se llamaba Buenas Tardes Mucho Gusto. En 1974 ella hizo un giro en su trabajo como periodista y conductora y empezó a trabajar conduciendo otro programa que se llamaba De Padres y de Hijos, donde había algunos elementos progres que hicieron que los militares le pidieran a toda nuestra familia que dejemos el país. El exilio está absolutamente metida en mi historia personal y en mi trayectoria y el feminismo entra a jugar un rol preponderante en mi biografía cuando nosotros volvemos, con la democracia, a Buenos Aires. Mi mamá, después de haber conducido casi 20 años este programa emblemático, con más permanencia en el aire, con mucho fanatismo de las mujeres hacia ella, hace un vuelco absoluto en su vida y empieza a conducir un programa de radio que se llamó Ciudadanas, en Radio Belgrano, con Marta Berking. Y mi mamá se vuelve feminista. Y se enuncia feminista en un momento en que por los menos las mamás de mis compañeras de escuela no lo eran, ni tenían a sus papás separados. Mis papás sí, porque no resistieron el exilio. Todas las otras parejas estaban juntas. Entonces la disidencia feminista viene en mi historia de manera pregnante a conducirla, a formarme como periodista. Ciudadanas fue un programa emblemático para el movimiento de mujeres en Argentina, nosotros con Inés Ulanovsky, la hija de Marta, atendíamos los teléfonos porque la precariedad del periodismo viene desde hace mucho, y la flexibilización de los periodistas es antigua. Ahí se hablaba de aborto, de violencias intramuros, en Ciudadanas encontraron las mujeres un micrófono para contar esto, quizás sin nombre, sin más datos que la voz, ponían en primera persona experiencias muy salvajes. Y como ustedes saben pasaron muchos años para que los relatos de las mujeres durante la dictadura que fueron torturadas y violentadas sexualmente surjan, se escuchen. Esto es muy importante para el movimiento feminista porque es un reconocimiento de la violencia sexual como un delito de lesa humanidad. Cuando yo me hice periodista a los 19 años, empecé en la revista ParaTi, imitando trayectoria de mi mamá como se dice, después en OhLalá, fui sumando horror al horror. En esos espacios se da justamente todavía lo que marcaba Marta de “yo no soy feminista, soy femenina”. Esperemos que ni una menos venga a cortar esto. Ni una menos, para que podamos conectar todo lo que fuimos charlando con el presente y con estos años tan movilizantes para el movimiento de mujeres, creo que nace espontáneamente del asco, de la náusea colectiva, concretamente en 2015 con el femicidio de Chiara Paéz en Santa Fe. Pero podría haber sido con cualquier otra. Decimos que cada 26 horas pero hay quienes dicen que cada 20 o 18, hay un femicidio. Y sabemos que es la punta del iceberg de todas las violencias que sufrimos. Me parece que el movimiento de derechos humanos, los movimientos que lograron el reconocimiento de estos derechos, la revista Fem que mencionaron mis compañeras, son justamente las que generaron este caldo de cultivo que nos hace hoy estar en las calles, es un diálogo constante con este movimiento de los ´60, los ´70. Qué va a pasar con Ni una Menos, no lo sabemos. Las luchas son tantas, son tantísimas. El aborto legal, el pedido de políticas públicas para frenar las violencias, el reconocimiento de las naciones indígenas que son violentadas constantemente y que incluso para el movimiento de mujeres es invisible, esto hay que decirlo, el primer feminismo es ilustrado, blanco, académico, heterosexual. Los feminismos populares tienen un surgimiento más reciente y pusieron en jaque muchas certezas que traía el feminismo más académico. Ahí se sumaron nuevas causas, viejas causas, volver a poner la mirada en lo doméstico, las mujeres seguimos siendo las responsables del cuidado de los niños, los ancianos, muchas horas que exceden nuestro trabajo no remunerado adentro de nuestras casas. Eso es un logro de los feminismos populares. Cómo interpelar a los hombres es otra de las preguntas, sino las que nos seguimos haciendo preguntas sobre las cosas que nos importan somos las mujeres. Por eso Ni una menos es importante, porque es la emergencia del movimiento de mujeres como actor político que no tiene vuelta atrás en su atravesamiento, en su absoluta certeza de que las violencias nos atraviesan a todas desde los micromachismos, hasta el acoso callejero, con toda la zona de violencias incluso mediáticas. Qué pasa con Marcelo Tinelli que abre su show diciendo que se estuvo replanteando cosas en relación a cortar polleras. Creo que Ni una menos ha generado una incomodidad, ha generado una pregunta, ya no se dicen las mismas cosas con la misma impunidad, ya no se grita tanto por la calle, tiene que ver con una incomodidad de los varones. El movimiento de mujeres logró salir de cierta endogamia para tirarle la pelota a los varones y proponerles que se hagan estas preguntas en el interior de sus comunidades, sus tribus, sus pequeños mundos. Escuchando también a mis compañeras y pensando en lo que decían de México, también Ni una Menos es un movimiento regional, que los países de América Latina estamos articulados para salir a la calle todos los 3 de junio y que esto también se fue gestando en los encuentros de mujeres, en los lazos comunitarios, en lo que pensábamos del exilio, porque mi mamá volvió de ahí completamente feminista, como contaban también acá mis compañeras. Me parece que la relación exilio, feminismo y ni una menos constituye una trama innegable.   

Visitá la muestra Exilios hasta el 13 de agosto en el Centro Cultural Haroldo Conti.

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