Pude hacerlo y disfruté un montón: Historia de una trabajadora sexual.

Por Beatriz González.

Muchas olas hay en el mar que se alzan para hablar del trabajo sexual, muchas de ellas agarrándose del uso de la tercera persona para opinar. Con sus voces, cargan en las espaldas de esos ellos, ellas, él, ella, ladrillos pesados de muros que los colindan pero no les pertenecen. Pesos de jaulas nefastas, como la de la trata, que fácilmente se confunden con la autonomía del cuerpo que dice yo. En medio de la marea está Nina León, quien en su camino por apoderarse de su yo nos cuenta su experiencia como trabajadora sexual.

Foto: Cortesía de ammar.org.ar

 

¿Cómo y por qué llegaste al trabajo sexual?

Durante mi época de embarazo en el 2015 comencé a acercarme al feminismo. Con el primer feminismo que me topé fue el abolicionista y no tenía mucho registro con respecto al trabajo sexual, solamente me sonaba la palabra prostitución, pero desde un lugar burdo, como nos suelen bajar. Me fui metiendo cada vez más en la militancia feminista a través de distintas organizaciones, trabajando en la parte de comunicación. Ahí me fui cruzando con cuestiones del trabajo sexual de a poco, y ya con mi hija en la panza se dio que en un taller de escritura me recomendaron Teoría King Kong. Fue el primer libro que me interpeló respecto al trabajo sexual, a partir de ahí fue cambiando todo lo que tenía pensado sobre eso y sobre la prostitución. Me empecé a cuestionar desde qué lugar estaba yo cargando con un prejuicio a personas que se dedicaban a esa actividad.

Después, para finales de ese año, estando en Cuba y compartiendo con dos compañeros de militancia una charla intima sobre trabajo sexual, se dio una discusión en donde uno de ellos me decía: “Vos preguntate si el día de mañana te gustaría que tu hija se dedicara al trabajo sexual y ahí te lo vas a responder fácil”. Él me lo decía, obviamente, desde una postura abolicionista y creyendo que mi respuesta sería a favor de su pensamiento. Esa fue una de las primeras interpelaciones que a mí en realidad me hizo caer en cuenta, más desde el lado humano, de cuánto se discriminaba a las trabajadoras sexuales nada más por decidir ejercer ese y no otro trabajo. Cuando esa persona me lo ejemplifica con mi hija fue inmediata una respuesta interna: sí, si mi hija decidiera ejercerlo, me va a encantar la idea de poder abrazarla en sus elecciones, contenerla, brindarle todas las herramientas posibles y no discriminarla ni rechazarla como suelen hacer nuestras familias por el desconocimiento que hay con respecto al trabajo sexual.

A partir de ahí mi cambio fue automático y tuve necesidad de empezar a escuchar las voces de trabajadoras sexuales. Empecé a agregar algunos contactos a mis redes sociales, algunas que militaban activamente, que pertenecían a Ammar, y bueno, eso hizo que yo empezara a conocer el trabajo sexual un poco más en primera persona. Después, se dio una situación particular en mi vida -me separé, me mudé, hice un cambio- y comencé a explorarme un poco más mediante la escritura en cuanto a lo sexual. Empecé a vomitar un montón de escritura erótica que era algo que, evidentemente, tenía como súper reprimido.

En paralelo a eso, hubo una necesidad económica que resolver una vez que estaba en mi nuevo hogar y a cargo de mi hija. Ahí me empecé a plantear la cuestión de ejercer el trabajo sexual, porque yo no quería perderme el crecimiento de mi hija y siempre deseé ser mi propia jefa, imponer mis propios horarios de trabajo y mis condiciones y, obviamente, imponer yo mis tarifas, dándome valor según lo que yo creía.

Primero pensé en otras alternativas, pero nada me garantizaba la posibilidad de verla crecer ni de manejar mis tiempos como yo quisiera, dándome, obviamente, un sueldo como el que necesitaba para mantenerla y vivir. Entonces, empecé a pensar en la posibilidad y contactándome con otras trabajadoras sexuales también empecé a informarme un poco más sobre cuestiones legales, de salud y del día a día del trabajo y eso como que me fue tranquilizando.

En junio del 2016 fue el primer congreso nacional de trabajadoras sexuales en el Bauen y ahí despejé un montón de dudas, conocí compañeros de todas las provincias de Argentina que tenían desde 18, 19 años hasta 70, 75 años. Pude ver todo, todas las problemáticas por las que estaban atravesades, pude ver la lucha que llevaban, sentirlas, conocerlas y tomar su experiencia y ahí fui asumiendo que quería hacerlo.

¿Por qué querías hacerlo?

Quería hacerlo por ser mi propia jefa, pero también porque había toda una exploración sexual que se iba dando en paralelo a esa necesidad económica y que cada vez era más fuerte. Sentía que desconocía mi cuerpo, mi sexualidad, un montón de cosas que pensaba que por tener 30 años ya debía conocerlas y no había tenido ni siquiera, no sé… no las herramientas, porque ya estaban a disposición por ese entonces, pero como que no había tenido una educación sexual acorde como para interiorizar todas esas cuestiones.

Fui teniendo el interés por re-descubrime o conocerme en cuanto a mi sexualidad y a mi relación sexual con los demás, a la vez que escribía mucho sobre eso. También se fue dando la cuestión de laburar de algo más, porque el trabajo que tenía en ese momento no me servía. Entonces me fui organizando e interiorizando el cómo se laburaba de esto para poder comenzar. Arranqué contenida siempre por las compañeras de Ammar que me fueron brindando un montón de información.

¿Entre ese primer proceso de acercamiento más ‘desde la barrera’ que fuiste haciendo antes de entrar de lleno al trabajo sexual y el día a día del laburo, hubo algo que te sorprendiera o qué fuera distinto a lo que pensabas?

Sí, la verdad me sorprendió bastante para bien. Creo que entre tomar la decisión de empezar a ejercer hasta el momento en que se concretó la primera cita, que habrá sido un mes, fue un cambio tremendo. A mí me sorprendió mucho por cómo se dio la situación. Me acuerdo que el día que terminaba el congreso nacional en el Bauen hicimos una movida ahí afuera del congreso, porque era el día internacional del trabajador sexual y el día siguiente era la marcha del #Ni una menos y yo marché con las chicas de Ammar. Esa noche llegué a mi casa y estaba fusilada, dije: “me voy a bañar, comer y dormir”. Al final llegué, recargué energías y se me ocurrió entrar a leer cosas sobre el trabajo en un grupo donde nos comunicamos, en eso veo que piden una persona para un trío y era cerca de mi casa. Yo de atrevida me mandé -nunca en mi vida había hecho un trío, nunca, nunca. Y bueno, nada, obviamente me hice la experimentada. A los 10 minutos me contactó la mujer de la pareja -era una pareja hombre mujer- y les tiré la información que pude, que más o menos ya tenía armada porque mis compañeras me habían dicho qué convenía en cada caso. Y bueno, terminé yendo a la hora, y la verdad me sorprendió. La pasé muy bien. Muy bien. Recuerdo que el contacto que se fue dando, sobre todo con la mujer, fue increíble, ella estaba como súper fogosa, sacada. Para mí fue muy gratificante, porque sentía que les había generado placer con mi presencia a las dos personas.

Cuando fui regresando para mi casa, me fui riendo sola, pensando “qué es lo que acaba de pasar” y al otro día me sale otro cliente, ese sí era un hombre solo. Y dije “ya está, no hay más vueltas que darle” me había hecho casi tres lucas en dos días sin siquiera pensar en cuanta guita iba a tener. Lo primero que hice al salir del segundo encuentro fue pasar por el Día y comprar un montón de cosas. Vine, las ordené y me cagaba de risa porque veía la alacena, que pasó, literalmente, de no tener nada para darle a mi hija a estar completamente llena. Fue una situación completamente gratificante y empoderante, porque pude hacerlo y disfruté un montón.

A la cuestión económica no había mucha vuelta que darle. Realmente, -yo trabajo desde los 18 y el trabajo sexual lo comencé a los 30- en 12 años no hubo ningún trabajo que a mí me permitiera independizarme por completo, a tal punto que yo pudiera tomar mis propias decisiones de qué comprar para comer o de sacarla a pasear a mi hija. Hubo momentos en que no tenía para llevarla a la calesita, cuando cuesta 10, 15 pesos, y me dolía un montón, me parecía sumamente injusto. No quería tampoco perder entre 10 y 14 horas diarias en un trabajo que ni siquiera me ayudara a llegar a fin de mes y que encima me sirviera para pagarle a una niñera para que la criara a mi hija sin tener la posibilidad de criarla yo, de mirarla yo, de verla crecer todos los días. Entiendo que es la decisión de muchas personas y lo respeto muchísimo, no es algo de lo que esté en contra, pero es algo que yo no quería.

Foto: Cortesía de Nina León

¿Cómo fue tu relación con lo sexual al empezar este trabajo?

Lo disfruté un montón, porque por la época en que comencé me fui re-descubriendo sexualmente y el trabajo sexual me dio la apertura que yo estaba buscando para experimentar con otros cuerpos, sin prejuicios, experimentar desde lo que sentía yo, lo que sentían los demás; siempre con respeto, siempre con límites.

El trabajo sexual también me dio esa posibilidad de permitirme explorarme en lo artístico, primero mediante la escritura, después mediante la fotografía, ahora en proyectos audiovisuales que también tenemos con mi pareja, donde trabajamos en todo lo que podamos abarcar de lo erótico. El trabajo sexual me dio la apertura para conocer nuevos cuerpos, nuevas identidades, nuevas historias.

¿Crees que esa exploración corporal dentro de tu experiencia como trabajadora sexual es un proceso tuyo o sabes si tus compañeras tienen caminos con el cuerpo que hayan sido explorados en su trabajo?

Me parece que cada proceso es subjetivo, pero más allá de eso, creo que en cierta forma el trabajo sexual a muchos y muchas nos fue dando la posibilidad de explorarnos en cosas que capaz no teníamos tan incorporadas al momento de relacionarnos con parejas o con personas que eran encuentros pasajeros. Pero yo te puedo hablar de mi proceso, no el de mis compañeros, porque no sé con qué intensidad o cómo lo vivieron ellos. Igualmente, sí sé de compañeres que han podido conocer más su cuerpo a partir del trabajo sexual y conocer más sobre cómo respetarse en sus deseos, en cómo sentir placer y en los límites en lo que no les genera placer.

Al ser el trabajo sexual un intercambio de servicio sexual por dinero, hay también unas cuantas limitaciones que va imponiendo una misma de acuerdo a lo que hace o no hace, a lo que le genera placer, a lo que no, a lo que se animaría a probar. A mí me han tocado clientes que me han propuesto probar situaciones nuevas que por ahí en otros momentos de mi vida ni me lo habían propuesto y ni sé si me hubiera animado, porque estaba un poco más cerrada. Desde ese lugar, el trabajo sexual me dio la posibilidad de explorarme, de ver con qué me sentía más a gusto qué cosas me atrevía a probar. Hay un montón que todavía no probé, pero me generan un cierto interés y seguramente las pruebe más adelante. Me dio herramientas para ir procesando mi sexualidad con paciencia, con calma, a medida que iba sintiendo comodidad con mi cuerpo y en mi cuerpo con esas nuevas experiencias.

Por otro lado, mi exploración de lo sexual se fue dando unos meses antes de iniciar el trabajo sexual, en ese lapso estaba escribiendo mucho y empecé a notar mucha escritura erótica y no sabía de dónde venía. Tuve momentos en donde me encontraba masturbándome y relatando a la vez lo que iba sintiendo, mientras me observaba en algún reflejo, porque en ese momento no tenía espejos en mi casa. Creo que la escritura también me ayudó mucho en ese encuentro conmigo misma, porque al releerme identificaba cosas que estaban pasando en mi interior y a las que por ahí no les estaba prestando tanta atención.

Antes hablaste de Ammar y de personas que te acompañaron en el acercamiento al trabajo, ¿sientes que hay una red de apoyo para quienes laburan sexualmente?

Sí, es Ammar, que es la Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina. Yo me acerqué por una amiga que me pasó la información y me comuniqué con varias trabajadoras sexuales de ahí y hoy por hoy también milito ahí y en Fuertsa que es un frente que tenemos entre trabajadoras sexuales de Ammar y personas que no ejercen el trabajo sexual pero que sí apoyan la lucha.

Yo sentí mucha contención y apoyo al hablar con otras trabajadoras y trabajadores sexuales, porque mis miedos, que eran el estigma social, el rechazo de la familia, de los amigos, la cuestión que tenía que ver con no tener los derechos laborales, era algo que nos atravesaba a todes. A mí me servía hablar todo eso con ellos, me sentía sumamente contenida, sumamente apoyada.

Acercarme al sindicato de putas me ayudó a poder manejarme en un círculo de apoyo todo el primer tiempo, yo estuve 6 meses sin contarle a mi familia, ellos me fueron ayudando a asimilar mi proceso poco a poco, a que fuera paciente, a que entendiera que más allá de que yo iba incorporando herramientas que me hacían más firme con mi proceso, no era la misma situación para la persona que por ahí no lo aceptaba, que era familiar o era amigo. Tenía que tener paciencia y tolerancia y no alborotarme y mandar a todos a la mierda porque no aceptaban mi trabajo.

En esa época se dio una relación muy rápida y sana con las personas de la asociación. Mucho abrazo psicológico, de compañeras, para ir tranquila con mi decisión; que yo tomaba desde el corazón, por así decirlo.

Además, el sindicato funciona no solamente para que podamos crear redes entre compañeras, sino también para que podamos llevar adelante talleres de todo tipo: autodefensa, cuestiones legales, diversidad corporal y funcional, talleres que vamos organizando según nuestras necesidades.

¿Podrías hablarnos un poco más del trabajo sexual como tu espacio de militancia?

Yo no concibo la vida sin militancia y este espacio es de lucha para mí. Es un feminismo muy inclusivo el que se lleva adelante ahí y me hace sentir a gusto, cómoda. Me impulsa a incorporar herramientas que por ahí no tengo tan a mano; así como no conocía mi concha, tampoco nunca me había topado con otros géneros y nunca había tenido la posibilidad -la ocurrencia en realidad, por que la posibilidad se la puede generar uno mismo- de toparme con travas, con maricas. Sí me había topado en mi vida, pero no en una militancia activa, en donde estas personas te hablan con conocimiento de un montón de cosas que eran nuevas.

Todo era herramienta que iba sumando e incorporando, como una escuela constante, que a mí me motivaba muchísimo, me llena de mucho amor y me enamora de la lucha. Me parece muy genuina, muy transparente.

Después, hay una cuestión fundamental que son los derechos laborales que no tenemos las trabajadoras sexuales y es una batalla durísima que arrancó con compañeras desde hace más de 20 años, organizadas no solo para tirar abajo los códigos contravencionales que nos violentan a las trabajadoras sexuales, sino para lograr tener en algún momento obra social, jubilación, acceso a, no sé: crédito hipotecario o cualquier otro crédito, a todo lo que accede cualquier trabajador. La asociación está para eso, para la lucha colectiva y para el acompañamiento individual de quienes nos vamos acercando.

Por último, estas luchas de las que hablas, ¿cómo se vinculan al movimiento de mujeres?

Estamos sumamente vinculadas. Costó un montón que se dejara de lado la discusión de si el trabajo sexual era o no trabajo, que era algo que llevaba un montón de reuniones, un montón de asambleas y que terminaba siempre por excluirnos dentro de los documentos, pero desde el año pasado se nos viene incluyendo como trabajadoras sexuales ya con nuestra identidad. Además, en las asambleas logramos que no sea el eje de discusión si nuestro trabajo es o no trabajo, sino las problemáticas reales que padecemos las mujeres, seamos o no trabajadoras sexuales. Participamos en todas las marchas, en las asambleas, las tomas de decisiones y demás. En ese sentido, estamos bastante activas.

Foto: Cortesía de auno.org

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