La voz que habla: Agostina Invernizzi. Cacería después del Paro Internacional de Mujeres. Crónica

Por Jennifer Löcher.

Detenciones arbitrarias, violencia institucional, criminalización de la protesta. Luego del Paro Internacional de Mujeres el 8 de marzo, se desató una cacería para detener a mujeres, horas después de haber terminado la marcha. El relato de Agostina Invernizzi sobre su detención y la noche en manos de la policía pareciera ser de otras épocas, más oscuras, más desprotegidas. ¿Cuándo fue la última vez que hubiera sido un peligro manifestarse pacíficamente por derechos humanos? ¿Nos estamos dando cuenta de los pasos que estamos dando hacia el desmantelamiento de garantías fundamentales?

Las mujeres que fueron arrestadas al azar denunciaron la violencia institucional y de género en la PROCUVIN, la Procaduría de Violencia Institucional, y en la UFEM, la Unión Fiscal especializada en Violencia de Género. Además, obtuvieron patrocinio legal por parte del CELS, Centro de Estudios Legales y Sociales. Luego del actuar irregular e ilegal de la policía queda en manos de la justicia decidir avalar o no este retroceso en materia de derechos humanos.

Entre todas las reuniones que irrumpieron en su vida a raíz de lo ocurrido, Agostina se tomó el tiempo para relatarnos qué ocurrió aquella noche.

– ¿Podrías contar cómo fue la situación después de la marcha cuando te detuvieron?

Yo marché en la columna de “Libertad para Higui” con mis amigas y compañeras, “Bisexuales y Feministas”. La marcha fue muy emocionante, se vivió un clima festivo. Es increíble cómo se contrapone esta imagen con la del final de la noche.. Cuando estábamos llegando a la plaza, la columna se desvió hacia la Av. Julio A. Roca. No entendíamos muy bien por qué. A la plaza nunca llegamos, ni escuchamos la lectura del documento.

Ante ese panorama dijimos de ir a cenar y fuimos a la pizzería más cercana, ubicada en Perú al 85 aproximadamente, a una cuadra de Avenida de Mayo. Cenamos tranquilas, nos reímos, disfrutamos de la noche, tomamos unas birras. Alrededor de las 22.30hs se larga un chaparrón muy fuerte. Nosotras estábamos cenando afuera, entonces empezamos a prepararnos como para irnos. Algunas querían ir a una fiesta, otras pensábamos en volver juntas a nuestras casas.

En el medio de la lluvia vimos llegar a una chica y un chico del lado de Av. De Mayo. A ella le habían pegado un palazo en la nuca y tenía los ojos reventados por gases lacrimógenos, él también. En ese momento, una de nosotras se dirigió hacia el bar en busca de un limón, para ayudarles a recomponerse y al mismo tiempo comenzamos a pagar y a prepararnos para irnos. Algunas de nosotras fuimos al baño. Yo habré estado cinco minutos como mucho. Cuando salí vi que a una amiga la estaban arrastrando de los pelos entre cuatro. Esa fue la primera imagen con la que me topé. Ella sola, siendo arrastrada como un animal y a los gritos, entre cuatro policías.

Obviamente me metí. No podía entender qué era lo que estaba pasando. Les pedí una explicación y obviamente que se identificaran. La respuesta que obtuve fue: “Callate pendeja de mierda, vení vos también”. Un policía de civil, lo cual es ilegal, me agarró fuerte de un brazo y comenzó a torcérmelo, en ese instante se sumó una mujer policía de la Metropolitana. Los uniformes, en general, estaban mezclados, pero la mayoría eran de la Metropolitana, y había muchísimos de civil. Me estaban lastimando fuertemente las muñecas, les dije que no me apretaran así ya que estaba caminando. La mujer policía me decía “Caminá, caminá negra de mierda, o te pongo los ganchos”. Ante la agresión respondí con un insulto y del otro lado recibí: “Cerrá el orto pendeja, caminá, estás acá por haber marchado.” Las marcas en los brazos y la sensación de las manos sujetándome las tuve durante toda la noche.

Después de la caminata por Av. de Mayo hasta llegar a los camiones ubicados en San Martín y Diagonal Sáenz Peña, de la cual increíblemente no tengo recuerdo en la actualidad, mi cabeza borró completamente ese trayecto, nos subieron arriba de los camiones. Ya había varias personas más, todas mujeres y dos varones. En un momento éramos 16 hacinados ahí arriba, en un espacio completamente cerrado y asfixiante. Insistíamos en que nos expliquen qué estaba pasando. Después de un rato nos pasaron a ocho de nosotras a otra camioneta, y la otra mitad se quedó ahí. Yo estaba con dos de mis amigas, Laura y Natalia, a las que en un principio, cuando nos violentaron en la pizzería, vi cómo las arrastraban de los pelos por la calle.

Tenía el celular encima y empecé a difundir todo lo que estaba sucediendo a través de mi Facebook, mis amigas hicieron lo mismo. La repercusión fue inmediata y debajo de los camiones estaba lleno de compañeras gritando que nos bajen y pidiendo explicaciones. La situación era desesperante, tanto arriba como abajo.

Una vez que nos subieron a nosotras ocho, nos llevaron a la Comisaría primera, ubicada en Lavalle y Reconquista. Nos metieron a todas en una celda colectiva y nos pidieron nuestros nombres y documentos. Nosotras insistíamos en preguntar por qué estábamos ahí, y nos respondían: “Esto es parte de un procedimiento policial. Recibimos la orden. No sabemos qué pasó afuera, no sabemos por qué están acá, pero hay una orden y tenemos que hacerla cumplir.” – “¿Quién dio la orden?” – Silencio. Estábamos entre la angustia, la furia y la incertidumbre de no saber absolutamente nada, ni cuándo íbamos a salir. Desde adentro de la comisaría se escuchaban los gritos de todas nuestras compañeras y familiares que estaban afuera esperándonos.

Habremos permanecido ahí una hora y media, dos horas aproximadamente. Nos requisaron. Después, hablando entre nosotras supimos que la requisa no estaba sistematizada ni unificada. Cada policía (mujer) la hacía de la manera en que quería. A mí me manosearon, me tocaron las tetas. Te hacían sacar el corpiño, no podías estar con el corpiño ni con los cordones en la celda. Me hicieron bajar el pantalón y la bombacha. Les expliqué que estaba menstruando. Me lo hicieron bajar igual y me pidieron que me diera vuelta. Estabas ahí y te tenías que entregar, hacían con vos lo que querían.

Después de ver al médico legista, quien pasaba por alto cualquier tipo de marca o moretón y lo único que tenía intenciones de registrar eran lesiones con “sangre”, nos avisaron que nos iban a trasladar a la Comuna 4, bastante más alejada de esta. No quedaba muy claro el objetivo del traslado, ya que ante las preguntas nunca obtuvimos respuestas, sin embargo, después supimos que en parte fue porque la puerta estaba repleta de gente y de de medios. La idea era atomizar, dispersar y desconcentrar lo que estaba sucediendo.

Llegamos a la Comuna 4 y se volvieron a repetir las requisas. Yo ahí ya estaba sin corpiño. Me dijeron “Levantate la remera” – “Pero no tengo corpiño. ¿Qué querés ver?” – “Levantate la remera.” Nos dieron vuelta todas nuestras pertenencias, nos revisaron de pies a cabeza. El procedimiento de requisa y fichado comenzó con cuatro de nosotras, mientras que al resto las dejaron por un rato largo adentro del camión con un policía. Después supimos que es una irregularidad que mujeres se queden con un policía en esa situación. Las requisas y fichados se realizaban de manera individual y tardaban muchísimo con cada una. Yo pasé con el primer grupito, y la chica con la que comenzaron estaba un piso arriba y tardaban un montón. Me empezó a agarrar mucha desesperación porque no sabía qué estaba pasando allá arriba. Hacía como media hora que estaban con ella sola. Después entendí que el registro de todo lo que teníamos en nuestras mochilas era lo que hacía más lento todo.

A diferencia de la comisaría anterior, nos pusieron en celdas individuales. No nos dieron ni agua. La chica que pasó antes que yo estaba en estado de shock. No se sentía para nada bien, tenía la presión baja. En la comisaría anterior nos dieron una botella de agua que por suerte nos llevamos encima y una de las chicas que pasó por la puerta de la celda de la primera le puso el pico de la botella en la boca para que tome, a través dela ventilación de aire.

La noche en la comisaría fue eterna, perdí completamente la noción del tiempo. Además era muy desesperante estar separadas y no saber qué estaba pasando en la celda de al lado, no nos escuchábamos entre nosotras. Hacía frío. Las celdas estaban sucias, algunas tenían materia fecal en las paredes. Había goteras. Teníamos unas frazadas rotas tiradas en el piso que, la verdad, no las íbamos a usar. Yo me quedé hecha un bollito al lado de la puerta, atenta a los pocos sonidos que se escuchaban desde el pasillo. Al rato, nuestras compañeras que estaban afuera, nos hicieron llegar botellas de agua y galletitas. La noche, aunque no pareciera, pasaba. Me di cuenta porque desde el pasillo se empezaba a ver la luz de día.

Nos hicieron salir de a una para ficharnos, tomar nuestras huellas digitales, y sacarnos fotos. y posteriormente nos obligaron a firmar la causa armada en la que estamos imputadas, caratulada como: “Atentado y resistencia a la autoridad, lesiones y daños”. Obviamente, cuando la recibimos, de manera individual en las celdas, nos negamos a firmarla. Atentado ¿a dónde? Resistencia ¿a qué? Lesiones y daños ¿a quiénes? La respuesta era simple y unidireccional: “Ya vas a tener tu momento para defenderte, tu derecho a réplica. No firmar alarga la detención. Esto es para salir”. Todas protestamos. Sin embargo, lo firmamos.

La foto es cortesía de Belén Devoto

Después de un rato, nos empezaron a soltar de a una. Ni siquiera nos largaron a todas juntas. Nosotras fuimos las últimas en salir. En ningún momento nos dijeron “Ya está”, algunas creíamos que nos llevaban a declarar a otro lado. Fue total la falta de información e incertidumbre. Yo salí con los cordones de las zapatillas en la mano, cuando salí y vi a todas mis amigas y personas a las que quiero en la puerta, no lo podía creer.

– ¿Fueron todas mujeres?

Fuimos ocho detenidas en la Comisaría 1era, y luego trasladadas a la Comuna 4. Cuatro lesionadas en el Hospital Argerich, cuatro varones detenidos en la Comisaría 4ta y nueve en la Comisaría 30a, dos varones y siete mujeres. Además, hubo un menor detenido en el Instituto Inchaustegui. Muchas de nosotras bisexuales y lesbianas.

La foto de portada es cortesía de Feral Fotogramas.

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